HNA. MARÍA PLAUTILLA: LA CARIDAD HECHA VIDA Pequeña Hermana Misionera de la Caridad
Hoy quiero detenerme en la vida de una de esas mujeres que, casi sin hacer ruido, dejaron una huella profunda en nuestra familia religiosa: Hna. María Plautilla.
Nació en 1913, en una pequeña
aldea del Piamonte italiano, en una familia sencilla de agricultores. Conoció
desde muy joven el sacrificio, el trabajo y la responsabilidad. Cuando murió su
madre, siendo apenas una niña, tuvo que hacerse cargo de sus hermanos y de la
casa. Aprendió muy pronto a cuidar, a servir y a darse.
Y quizás allí, en esas pequeñas
tareas cotidianas, comenzó a crecer en ella aquello que después sería el centro
de toda su vida: la caridad.
En su corazón llevaba el deseo de
consagrarse al Señor. Pero durante un tiempo las circunstancias parecían
impedirlo. Hasta que, confiándose a María, encontró nuevamente el camino. En
1933 llegó a Tortona y entró en la Congregación de las Pequeñas Hermanas
Misioneras de la Caridad.
Ella misma escribió una frase que
resume mucho de su camino espiritual:
“Hacerme santa a costa de
cualquier sacrificio.”
No buscó grandes cosas. No
necesitó lugares importantes ni reconocimientos. Su santidad fue creciendo en
el servicio de cada día, entre personas enfermas, muchas de ellas con graves
discapacidades físicas y mentales, en el Pequeño Cottolengo de Génova.
Allí pasó prácticamente toda su
vida religiosa.
Cuidaba a los enfermos con
competencia y dedicación, pero sobre todo con ternura. Sabía acompañar con una
sonrisa, una palabra de aliento, una oración. Velaba noches enteras, enseñaba
catequesis y se entregaba con una generosidad que no calculaba.
Algunos llegaron a llamarla “Don
Orione con hábito de hermana”.
Y quizás no haya una expresión
más hermosa para describirla.
Porque María Plautilla comprendió
profundamente el corazón de nuestro Fundador: ver a Jesús en cada persona y
servirlo especialmente allí donde la vida se vuelve más frágil, más pobre, más
dolorosa y más olvidada.
Su salud se fue deteriorando. Sin
embargo, aun enferma, quiso volver a estar junto a sus enfermos.
En una ocasión, una mujer
internada logró llegar hasta un balcón y corría peligro de caer. La Hna. María
Plautilla, a pesar de sus pocas fuerzas, corrió para salvarla. Después de aquel
esfuerzo sufrió un grave colapso y quedó postrada.
Su lecho de enferma se transformó
entonces en otro lugar de caridad.
Ya no podía hacer tantas cosas,
pero podía ofrecer, rezar, sonreír, acompañar y dejar que otros la cuidaran.
Murió el 5 de octubre de 1947,
rodeada por sus hermanas, sacerdotes, niños y algunos de aquellos enfermos a
quienes tanto había amado.
Hoy, al recordar su vida, me
quedo especialmente con una expresión que me interpela profundamente:
La espiritualidad del “straccio”.
Don Orione decía que muchas
veces, debajo de esos “stracci” sencillos y humildes, se esconden almas capaces
de grandes sacrificios y de hacer mucho bien.
La Hna. María Plautilla fue una
de esas almas.
Una mujer sencilla.
Una hermana escondida.
Una mujer de oración.
Una servidora incansable.
Una mujer que hizo de su vida una
ofrenda.
Y quizás allí esté justamente la grandeza de su santidad: no hizo cosas extraordinarias; hizo extraordinariamente bien las cosas sencillas de cada día.
Al contemplarla, me pregunto
también por mi propia vida:
¿Puedo descubrir a Jesús en
aquellos que me necesitan?
¿Puedo servir sin esperar
reconocimiento?
¿Puedo transformar mis
cansancios, mis límites y mis sufrimientos en una ofrenda de amor?
¿Puedo hacer de cada pequeño
gesto una oportunidad para la caridad?
María Plautilla nos recuerda que
la santidad no siempre hace ruido.
A veces tiene rostro de mujer
sencilla, manos cansadas, una sonrisa, una oración y un corazón dispuesto a
servir, pues “En todos debemos ver a Jesús.”
Que ella nos enseñe a vivir así
nuestra vocación: con humildad, con alegría y con una caridad sin límites.
Hna. María Plautilla, mujer
escondida y luminosa, ruega por nosotros y por toda nuestra Familia Orionita.
“Sólo la caridad salvará al
mundo.”


Comentarios
Publicar un comentario