La fuerza evangelizadora de la Caridad (Aspectos del carisma Orionita que nos pueden ayudar en nuestra espiritualidad personal)
1. Dios
es Caridad. Experiencia de la Caridad en Don Orione: “Nuestro Dios es un Dios apasionado de amor…”
El amor es el centro de la vida cristiana porque él es el corazón del ser de Dios.
Cuando a Jesús le preguntaron ¿Cuál es el mandamiento principal, el que puede dar sentido a los demás? Jesús no lo pensó dos veces y respondió recordando las palabras que todos los judíos varones repetían diariamente al comienzo y al final del día: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Enseguida añadió algo que nadie le había preguntado: “El segundo mandamiento es: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Para Jesús son inseparables. No se puede amar a Dios desentendiéndose del otro, olvidándose de gente que sufre y a la que Dios ama tanto, porque Él mismo es Amor. Una religión que predica el amor a Dios y se olvida de los que sufren es una mentira. Sin amor, todo queda desvirtuado. Por eso, como dice un cantante argentino, el Indio Solari, en una de sus canciones: “Si no hay amor que no haya nada…”
La pasión por Dios va siempre
acompañada de la pasión y compasión por las personas “Amor a Dios y amor al prójimo: dos llamas de un solo sagrado fuego”,
dirá Don Orione, (Lettere II, 397). Su corazón era sensibilísimo a la compasión
y al afecto, y es el Amor a Dios y la caridad hacia el prójimo los que lo empujan
a multiplicar las obras espirituales y corporales de misericordia, dando vida a
un número considerable de instituciones para aliviar las miserias humanas y
salvar a las personas. La caridad de Don Orione se materializó en obras
concretas: oratorios, orfanatos, Pequeños Cottolengos, hogares, escuelas,
parroquias, etc., afrontando dificultades y sacrificios, no porque era un amor
romántico, sino porque era un amor real, palpable, concreto. Y así nos lo dice Benedicto
XVI en el Nº 19 de “Deus caritas est”:
“El amor es el servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso
materiales, de los hombres”. Por eso nuestro Padre repetía que “nuestra caridad no cierra puertas” y a quien se presentaba con un
dolor o una necesidad no le preguntaba y no quería se preguntara si tenía
certificado de bautismo, ni siquiera si quería recibir los sacramentos y así
este ejercicio de la caridad se transformaba en un medio (la prédica) para
evangelizar: "La caridad abre los ojos de la fe y
enfervoriza los corazones de amor hacia Dios".[1]
Sin
embargo, no debemos pensar que Don Orione era un fanático del
"hacer", sino más bien un "loco
de la caridad", que experimentó a un Dios apasionado de amor que no
vaciló en compartir nuestra naturaleza y sacrificarse por amor a la humanidad.
Esta convicción la plasmaba en una carta escrita desde Buenos Aires en 1936:
“Nuestro
Dios es un Dios apasionado de amor, Dios nos ama más de lo que un padre ama a
sus hijos, Cristo Dios no vaciló en sacrificarse por amor a la humanidad (…)
Seamos apóstoles de caridad, de amor puro, amor sublime y universal; hagamos
reinar la caridad con dulzura de corazón, compadeciendo, ayudándonos
mutuamente, tendiendo nuestra mano y caminando juntos. Sembremos abundantemente
a nuestro paso obras de bondad y de amor, y enjuguemos las lágrimas de los que
lloran. Escuchemos, hermanos, el grito angustioso de tantos otros hermanos que
sufren y buscan a Cristo; salgamos a su encuentro como buenos samaritanos…”.
Esto
va en sintonía con lo que el Papa Francisco nos dice en el Nº 180 de EG: “(…) La propuesta es el Reino de
Dios (cf.
Lc 4,43); se trata de amar a
Dios que reina en el mundo. En la medida en que Él logre reinar entre nosotros,
la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad
para todos (…)”.
Y
si la liberación quiere ser radical y profunda, el amor ha de pasar a su forma
kenótica, pues quien ama necesariamente se abaja hasta situarse en el último
lugar para compartir solidariamente con los últimos y los pobres su destino:
esto en Don Orione puede traducirse en su deseo supremo de caridad “Ponme, Señor, en la boca del infierno para
que yo, por tu misericordia la cierre”.
2. Jesús: corazón de su corazón. “Vivir Jesús”.
Sabemos que Don Orione no era un escritor, ni por vocación ni por elección, sino que escribía por necesidad. Sin embargo algunas de sus palabras eran de tal importancia y brotaban de un fuego tan profundo y en una luz tan nueva que permanecerán con nosotros para siempre. Sus palabras, al igual que sus obras, estaban a la luz del día y eran para los demás. Pero sin dudas existieron otras palabras destinadas no a nosotros ni a la historia, sino reservadas a su propio espacio interior. Si hay alguien que no calla cuando hace silencio, ése es el santo. Además, los santos que han dirigido a Cristo las palabras más encendidas han sido, muchas veces, los que han desarrollado al mismo tiempo una gran actividad.
Hay una carta escrita por el joven Don Orione a Don Carlo
Perosi, conciudadano y amigo (luego cardenal), en la cual se entrevé cómo su
experiencia de Jesús lo impulsa a la acción, proveniente de la experiencia
mística:
"Me parece que nuestro Señor Jesucristo va llamándome a un estado de gran caridad, por el cual en ciertos momentos el Señor me oprime el corazón y entonces es necesario que llore o ría de caridad grande, y corra, y es algo que no se puede decir bien, pero es fuego grande y suave que tiene necesidad de dilatarse y de inflamar toda la tierra. Querido Señor Don Perosi, perdóneme si le digo esto, tengo temor de que sea soberbia, pero es algo más grande todavía que no le sé decir. Siento una grandísima necesidad de arrojarme en el Corazón de nuestro querido Señor crucificado y de morir amándolo y llorando de caridad; y me parece que nuestro Señor debe estar muy enojado conmigo: porque siempre le digo que soy todo suyo y después nunca lo soy"
En el centro del pecho de Don Orione, en el lugar
del corazón estaba el gran amor de su vida: Jesús. El amor de Cristo a los
hombres cautivó a Don Orione y lo lanzó al servicio de los más pobres,
transformándolo en un corazón sin fronteras.
Don Orione nos pide vivir en Cristo Jesús, vivir de
Jesús, vivir para Jesús. Toda la vida debe ser ordenada a Jesús y comprendida
en Él. Vivir Jesús, éste es el fin más alto. Para él vivir es Jesús
mismo, su vida es Jesús. Hacer de Cristo el corazón de nuestro corazón para
tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús.
El
encuentro personal con Jesús cambia la perspectiva de nuestra vida, porque nos
revela que nuestra felicidad no depende de seguirnos a nosotros mismos, sino de
acoger a Cristo como compañero de viaje y al Evangelio como estilo de vida. Jesús
habla a nuestro corazón, lo hace latir, lo transforma de corazón de piedra en
corazón de carne. Cuando le damos la bienvenida a su amistad, nos muestra cómo
vivir y cómo amar. Nos ofrece la posibilidad de transformar incluso las
flaquezas en recursos, para abrir con él nuevos horizontes que no se cierran en
nuestro pequeño mundo, sino que abren la vida hasta los confines de la tierra. Por eso seguirá diciendo en la carta a Perosi antes
citada: “…deseo y quiero comenzar en este
momento, mientras escribo estas líneas, a ser todo de Jesús crucificado y a
consumirme entero de caridad. (…). Siento que tengo necesidad de correr por
toda la tierra y por todos los mares, y me parece que la caridad inmensa de
Nuestro Señor Jesús dará vida a todas las tierras y a todos los mares y todos
invocarán a Jesucristo”.
En el Nº 268 de EG Francisco nos
recuerda: “El verdadero misionero, que nunca deja de ser
discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja
con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no
lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto
pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta
fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura,
enamorada, no convence a nadie”.
Don Orione era un enamorado de Jesucristo
y quiso, con todo el corazón, con toda el alma y con
todas las fuerzas, corresponder al amor
gratuito y salvífico de Cristo. Es más,
quiso que ese fuego se dilate e inflame toda la tierra, envuelta por tantos sufrimientos.
Esta experiencia mística lo llevó
progresivamente a la purificación
y a la maduración de su configuración con Cristo y, a través
de la prueba, las incomprensiones y hasta la
calumnia, llegó a experimentar
un verdadero martirio unido a la cruz
de Jesús. Hizo la
experiencia de kénosis, sobre las huellas de Jesús, y estaba convencido
de que “nos renovaremos a nosotros mismos
y a todo el mundo en Cristo, cuando vivamos a Cristo, cuando seamos realmente
transformados en Jesucristo”[3]
3. El “loco de la caridad” ve y siente a Jesús en los pobres más pobres.
La pobreza fue para Don Orione una condición de vida cuando estaba con su familia en Pontecurone (“entre las gracias que el Señor me ha dado, he tenido la de haber nacido pobre”). Después la eligió por vocación y se convirtió en una fijación en su vida personal y en su acción como Fundador.
En la Encíclica “Fratelli tutti” se afirma: “observando con atención nuestras sociedades
contemporáneas, encontramos numerosas contradicciones [...] En el mundo de hoy
persisten numerosas formas de injusticia, nutridas por visiones antropológicas
reductivas y por un modelo económico basado en las ganancias, que no duda en
explotar, descartar e incluso matar al hombre. Mientras una parte de la humanidad
vive en opulencia, otra parte ve su propia dignidad desconocida, despreciada o
pisoteada y sus derechos fundamentales ignorados o violados”. (Nº 22)
Don
Orione ha querido señalar específicamente a quiénes va dirigida la obra
caritativa de la Congregación: “Nosotros
estamos para los más pobres (…). Los stracci de la Divina Providencia son para
los hijos de las clases humildes más proletarias, más necesitadas… Digo esto e
insisto para trazar el surco, y no es la primera vez”[4].
En las acciones y en las palabras de Don Orione, se
encuentran diversos elencos de pobres: enfermos, doloridos, sufrientes,
desamparados, rechazados, heridos, rotos, solos, abandonados, pecadores,
vagabundos, etc. (Ver el famoso texto “Almas y almas”). “Para los pobres” significa para todos los pobres, y en Don Orione significa
“para los más pobres y más abandonados”,
“aquellos a los que nadie provee y no
pueden ser acogidos en otras instituciones”, los “desamparados”, los más desprovistos de otras providencias. Claro
que al abrir obras tenía también otros criterios de discernimiento (las
posibilidades concretas, las necesidades de la gente, las indicaciones de los
pastores de la Iglesia, etc.), pero, apenas podía, privilegiaba la caridad
hacia “los más abandonados, los más
desamparados” porque éste era el signo público, simple, eficaz y
convincente, “para hacer experimentar la Providencia de Dios y la maternidad de
la Iglesia”, dado que Don Orione intuyó la urgencia de un
apostolado caritativo y popular en clave papal y eclesial, para responder a la
disgregación del Pueblo de Dios que se estaba alejando de la Iglesia.
También hoy hay personas o grupos enteros de
personas que están fuera, no son idóneas o no tienen un lugar para la inserción
en las instituciones subvencionadas por la previsión social. ¿Tenemos nosotros
espacio para estas personas? ¿Con qué tipo de acogida podemos contar para ellas
y seguir teniendo “abierta la puerta del Pequeño Cottolengo” adaptándola a las
situaciones sociales y legislativas de hoy?
Muchos han
notado en Don Orione el mismo sentido de adoración frente a la Eucaristía y
delante de los Pobres. De hecho, los pobres, los discapacitados, los “deshechos de la sociedad”
eran llamados por Don Orione “nuestros
tesoros”, nuestras “perlas”,
nuestros “patrones” (el
patrón de casa era también el nombre reservado a Jesús Eucaristía). “Nuestros queridos pobres... no son
huéspedes, no son asilados
(no son residentes), son
patrones, y nosotros sus siervos, así se sirve al Señor".[5]
“Si pudiese expresar un deseo diría
que no es entre las palmeras que quiero vivir y morir, sino entre los pobres
que ¡son Jesucristo!”.
Don Orione
descubre al Señor en la persona más pobre entre los pobres, en sus miserias
físicas y sus abismos morales y se da a la búsqueda intensa de Dios en las
llagas más diversas y numerosas del sufrimiento humano. Por eso nosotros
debemos estar siempre en primera fila en la denuncia de las injusticias y en el
hacernos voz de los maltratados haciéndoles sentir que tienen a su lado no un
burócrata o un funcionario, sino un hermano que lo ama y sabe que sirve en él a
Jesús.
En las personas más limitadas, descartadas y
desamparadas, él veía a Cristo atormentado y paciente, lo veía de modo “tangible”
y sentía por ellas un respeto que rozaba la veneración, un amor lleno de
ternura. Él era el buen samaritano que veía que “en
el más desdichado de los hombres brilla la imagen de Dios”.
Don
Orione no tuvo miedo de “tocar la carne de Cristo” en el enfermo, el pobre, el
abandonado, en el excluido. El Dios que se hizo periferia lo llevó a las
periferias existenciales. Él sirvió a Jesús en los pobres y lo contempló en
ellos, como se ve en sus escritos: “muchas
veces he sentido a Jesucristo cerca de mí, muchas veces he visto a Jesús en los
más rechazados y más infelices” (24 de junio de 1937). Para Don Orione, el
amor a Cristo y el amor al pobre son uno e inseparables. Ambos, Jesús y los
pobres están en el centro de su corazón.
4. Nuestro legado: Hacer de Cristo el corazón del mundo.
Podemos decir que “Hacer de Cristo el corazón del mundo” es una fiel traducción del lema programático de Don Orione: Instaurare omnia in Christo[6], En este designio de salvación del Padre somos llamados a insertarnos, conformando nuestra vida a Cristo, renovándonos en Él para poder renovar a los demás en Él.
La Divina Providencia es Dios mismo que, a
través de la historia, realiza su designio de salvación por medio de Cristo.
Toda la historia que precede a Cristo está orientada a él, toda la historia que
lo sigue está ordenada en una recapitulación de todo en Jesús, (cfr. Ef. 1,
10). Ésta es la convicción de Don Orione, y quiere abrazar todo el designio de
Dios, la «Obra de la Divina Providencia», que es la historia misma en cuanto
tiende a la unidad de todo en Cristo Jesús.
Don Orione no puede elegir menos de
aquello que Dios ha elegido. Él identifica su voluntad con la misma voluntad de
Dios. No existe en él un amor a Dios y un amor al prójimo. Existe el amor por
Jesús. Por eso, abrazando a Cristo, el orionino no se siente ligado a una obra
particular, se siente ligado solamente a un amor que no excluye ninguna obra y
responde vez por vez, a las necesidades del tiempo. Esto aporta la novedad: si
la Obra de la Divina Providencia es recapitular todas las cosas en Cristo, ese
recapitular no llega sin la acción de Cristo en el corazón de las personas.
Nosotros, siguiendo el ejemplo de Don Orione, estamos llamados a ser un signo
de la presencia viva de Cristo para contribuir a instaurar todo en él.
Conclusión
Debemos estar
convencidos, como lo estaba Don Orione, de que “Sólo la caridad salvará al
mundo”: ser discípulos del Dios-caridad que no juzga ni
condena, capaces de ver en las personas que se nos acercan sus posibilidades
escondidas; de decir un no tajante a las clasificaciones, a las cadenas
que atan, a las sentencias que aprisionan. Especialistas en tachar etiquetas,
derribar escondites, abrir ventanas, romper cadenas, especialistas en abrir
puertas...
Amar a Jesús Crucificado: formar en
nosotros a Jesucristo, conformarnos en todo a Jesucristo Crucificado, para esto
es fundamental el encuentro con Él, descubrirlo en nuestra vida, en
nuestro compromiso. Sabemos que desde la cruz Cristo grita
que tiene sed y nuestra misión es calmarla en todos los crucificados de esta
tierra.
Ser Eucaristía: así como Jesús se hizo pan
para nosotros, también nosotros debemos volvernos pan para los hermanos[7]: sentir la cercanía del que sufre, vivir la cultura de la solidaridad con
los más abandonados, descartados, rotos, desamparados, contagiar esperanza y
humanidad a un mundo necesitado de sentido.
Caminar juntos: “Fuera de la sacristía…!”, con docilidad y valentía, con
confianza en la Divina Providencia, disponibles a los proyectos de Dios, con proyectos
comunitarios, caminos y metas comunes, llevando al conocimiento
y al amor de Jesucristo, del Papa y de la Iglesia, a los hijos del pueblo y los
pobres más alejados de Dios y más abandonados, mediante el apostolado de
caridad que los tiempos y las circunstancias, a través de la Iglesia nos
propongan, como Familia carismática “en
salida”.
[1] Carta del 19.3.1923; Scritti 4, p.
280
[4] Sui passi di Don Orione 105
[5] Lettere II, p.227.
[6]
“El Instaurare omnia in Christo, que fue
el grito del Apóstol S. Pablo —y es el programa de nuestra Congregación—,
debemos comenzar a aplicarlo a partir de nosotros; primero renovarnos nosotros
en Cristo, para luego renovar a los demás. No renovaremos a los demás en
Cristo, si antes en Cristo no nos renovamos nosotros mismos en su santo amor, y
con su santa gracia, que por cierto no faltará” Lettere II, 56
[7] “¡Quisiera llegar a ser alimento espiritual para mis hermanos, que tienen hambre y sed de verdad y de Dios; quisiera revestir de Dios a los desnudos, dar la luz de Dios a los ciegos y a los deseosos de más luz, abrir los corazones a las innumerables miserias humanas y hacerme siervo de los siervos distribuyendo mi vida a los más indigentes y abandonados; quisiera llegar a ser el insensato de Cristo y vivir y morir de la insensatez de la caridad por mis hermanos!” (31 de agosto de 1931)

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